
Una presencia que acompaña y transforma
Hay algo que no se enseña en la universidad, pero que se vuelve evidente con el tiempo: lo que sucede dentro del adulto también influye –y mucho– en el aula. El tono de voz, el gesto con el que se mira, la manera en que se respira antes de responder… Todo eso también educa. Especialmente para el alumnado que ha atravesado experiencias difíciles, el estado interno del docente puede ser un ancla o una tormenta.
Patricia Jennings, investigadora y docente, lo expresa con claridad:
“Los niños aprenden estas habilidades imitando nuestro ejemplo… si no las encarnamos, la instrucción no funcionará.”
Por eso, hablar de educación sensible al trauma es también hablar del adulto. De su capacidad para estar presente, regularse y ofrecer seguridad desde su propio cuerpo.
El cuerpo del maestro como refugio
No se trata de exigir al docente que sea perfecto. Se trata de reconocer que nuestra manera de estar marca una diferencia. Cuando un adulto reacciona con gritos, ironía o indiferencia –a veces como respuesta al cansancio o la sobrecarga–, el aula lo siente. Y un niño en estado de alerta lo interpreta como una señal de peligro.
Pero cuando el mismo adulto logra sostenerse con firmeza tranquila, incluso en medio del caos, algo cambia. La atmósfera se suaviza. El grupo comienza a autorregularse. Y quien está en el centro del conflicto siente, quizá por primera vez, que no va a ser juzgado ni expulsado, sino acompañado.
Esa experiencia es profundamente reparadora.
Autoconciencia emocional: reconocer antes de reaccionar
Jennings insiste en que el primer paso para sostener a otros es poder sostenerse a una misma. Por eso, su enfoque incluye el desarrollo de la autoconciencia docente: la capacidad de notar lo que sentimos antes de que explote, de nombrarlo, de regularlo sin reprimirlo ni actuarlo sobre el grupo.
Aquí entra en juego el mindfulness como herramienta pedagógica. Su programa CARE (Cultivating Awareness and Resilience in Education) se basa en prácticas breves y aplicables al día a día del aula: pausas conscientes, respiración reguladora, exploración corporal, identificación de emociones, autocompasión.
No se trata de meditar veinte minutos cada mañana, sino de cultivar pequeños hábitos de presencia que nos ayuden a estar mejor. Porque un docente que se da cuenta de su tensión puede elegir no proyectarla. Y eso, en un aula, cambia todo.
Compasión hacia una misma: el antídoto frente al agotamiento
La compasión no es solo hacia los alumnos. También es hacia una misma. Jennings señala que uno de los factores protectores frente al desgaste emocional del profesorado es la autocompasión: esa forma de tratarnos con cuidado cuando las cosas se nos desbordan.
Muchas veces, en la escuela, se espera del docente una entrega constante, una presencia incansable. Pero el cuerpo y el corazón tienen límites. La compasión nos recuerda que está bien parar, que es válido pedir ayuda, que cuidar de nuestro equilibrio emocional no es un lujo, sino una necesidad para sostener con salud y sentido nuestra tarea.
Frente al estrés, la compasión funciona como un “aislante”: nos permite estar presentes sin quemarnos, ser sensibles sin desbordarnos, cuidar sin vaciarnos.
Ser sistema de calma en una escuela en movimiento
Cuando un docente encarna la calma, el aula lo percibe. No solo porque no grita, sino porque su sistema nervioso transmite seguridad. En entornos sensibles al trauma, esto puede ser determinante.
No todos los niños han tenido figuras estables a su alrededor. No todos conocen la experiencia de estar con un adulto que no se asusta de su rabia, de su miedo o de su tristeza. Cuando encuentran a alguien así, que no se hunde ni se escapa, que respira, que regula, que sostiene… algo empieza a cambiar.
Esa es la propuesta de Jennings: convertirnos en sistemas de calma, no por exigencia ni por rol, sino porque hemos aprendido a cuidarnos para poder cuidar.
Lo que enseñamos más allá del currículo
El docente no solo enseña matemáticas o historia. También enseña, con su forma de estar, cómo se transita la frustración, cómo se nombran las emociones, cómo se repara después de una mala reacción. Enseñamos, sin darnos cuenta, cómo vivir en comunidad y cómo cuidarnos en lo cotidiano.
Y eso, quizás, es lo que más permanece.
Próxima entrada
En la siguiente entrega hablaremos del vínculo entre el bienestar docente y la calidad del clima escolar. Porque cuidar al profesorado no es un extra: es el corazón de una escuela sensible al trauma.

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