Experiencias Adversas en la Infancia: una mirada urgente desde la escuela

Las Experiencias Adversas en la Infancia (EAI) son situaciones estresantes o traumáticas vividas durante los primeros años de vida que pueden afectar de forma profunda el desarrollo físico, emocional, social y cognitivo de los niños y niñas. Estas experiencias no se limitan a la violencia o el abuso, sino que incluyen también la negligencia, la separación prolongada de las figuras de apego (como en los casos de institucionalización o adopción), la pobreza extrema, la exposición a enfermedades graves, la discriminación, la discapacidad, las dificultades de integración social o educativa, y otros contextos marcados por la inseguridad o la falta de protección estable.

Según Jack P. Shonkoff, director del Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard:

“La adversidad significativa en los primeros años de vida puede provocar un estrés tóxico que altera el desarrollo cerebral y aumenta el riesgo de problemas de salud física y mental a lo largo de la vida.”

En España, diversos estudios y datos recientes han puesto de manifiesto la prevalencia y el impacto de estas experiencias.


Prevalencia de las EAI

Diversos estudios internacionales y nacionales muestran que las Experiencias Adversas en la Infancia son mucho más frecuentes de lo que comúnmente se asume. La investigación pionera realizada por los CDC y Kaiser Permanente en EE.UU. reveló que cerca del 60% de los adultos habían experimentado al menos una experiencia adversa en su infancia, y más del 25% reportó tres o más. Aunque en España no contamos aún con un estudio de prevalencia nacional de la misma magnitud, los datos parciales apuntan a una tendencia preocupante.

Un estudio coordinado por Vicent Prieto Rubio, en el marco del proyecto POWER, muestra que más del 70% del alumnado encuestado en centros de secundaria españoles ha vivido al menos una experiencia potencialmente adversa antes de los 18 años. Estas pueden ir desde la pérdida de un ser querido o enfermedad grave en la familia, hasta violencia, abandono o discriminación estructural. Puedes conocer más sobre este proyecto en: Proyecto POWER – Investigación en protección a la infancia

Además, los factores sociales estructurales —como la pobreza infantil, la exclusión educativa o la falta de acceso a apoyos psicosociales— aumentan el riesgo de exposición acumulada a EAI en España, afectando de forma desigual a niñas, niños y adolescentes en función de su origen, situación familiar o condición personal.

  • Salud mental en niños, niñas y adolescentes: Según el Barómetro de Opinión de la Infancia y la Adolescencia 2023-2024 de UNICEF, el 41,1% de los adolescentes en España ha experimentado o cree haber experimentado problemas de salud mental en el último año. Sin embargo, más de la mitad no ha solicitado ayuda profesional, lo que muestra una brecha en el acceso y en la percepción de los servicios disponibles. Además, el Informe sobre la situación de la salud mental en la infancia y la adolescencia en España (Fundación ANAR y Fundación Mutua Madrileña, 2022) advierte que los problemas de salud mental han aumentado un 47% entre los menores desde la pandemia. Entre los motivos de consulta más frecuentes destacan la ansiedad, la tristeza profunda, el aislamiento social y los pensamientos autolesivos. En cuanto al suicidio, según datos del INE (2022), el suicidio es la primera causa de muerte externa entre adolescentes en España. En 2021 se registraron 22 suicidios en menores de 15 años y 53 entre jóvenes de 15 a 19 años. La tendencia es creciente, lo que señala una emergencia que requiere respuestas educativas, comunitarias y sanitarias coordinadas.

Impacto de las EAI

Las experiencias adversas no solo impactan a nivel biológico y emocional, sino que también se manifiestan de forma clara en el entorno escolar. Además, en algunos casos, es el propio sistema educativo el que puede convertirse en una fuente de EAI.

Entornos escolares que castigan de forma sistemática sin atender a las causas subyacentes del comportamiento, la aplicación rígida de normas sin consideración por la historia vital del alumnado, prácticas discriminatorias o excluyentes, la falta de apoyo a estudiantes con necesidades educativas especiales, y situaciones de acoso escolar no abordadas adecuadamente, son ejemplos de cómo la escuela puede contribuir —involuntariamente— a generar o agravar experiencias adversas.

Muchos niños y niñas con discapacidades no reconocidas enfrentan años de invisibilidad dentro del sistema educativo. Sus dificultades son a menudo malinterpretadas como falta de esfuerzo, desobediencia o actitud desafiante. Esta mirada parcial puede derivar en un estigma persistente: se les etiqueta como «malos estudiantes» o como alumnos problemáticos, en lugar de comprender que sus respuestas son fruto de una necesidad no atendida. Esta desatención sostenida, en sí misma, constituye una forma de adversidad.

Por otro lado, las discriminaciones por motivos étnicos, culturales o de género siguen presentes en algunos entornos escolares. Comentarios sutiles, expectativas reducidas o trato diferenciado hacia alumnado gitano, migrante o racializado pueden generar sentimientos de exclusión y baja autoestima. En el caso del género, algunas dinámicas pueden invisibilizar a las niñas o penalizar a los niños que no se ajustan a estereotipos tradicionales. El alumnado con identidades o expresiones de género diversas puede encontrar barreras si no se garantiza un entorno respetuoso y seguro. Estas experiencias, si no se nombran ni se abordan, pueden contribuir a formas silenciosas de adversidad que erosionan el sentido de pertenencia. Estas experiencias se amplifican cuando no se nombran, se normalizan o se ignoran, alimentando una adversidad estructural difícil de revertir sin un compromiso activo.

La adopción también puede conllevar experiencias adversas previas —como separaciones tempranas, institucionalización o negligencia— que afectan al desarrollo emocional. En el entorno escolar, niñas y niños adoptados pueden experimentar una alta sensibilidad al cambio, al juicio o a la autoridad. Cuando estas respuestas se interpretan como necesidad de control, inmadurez o manipulación, sin comprender su origen, el contexto educativo puede convertirse en una fuente adicional de estrés y desconexión.

Estas expresiones del trauma requieren una mirada pedagógica sensible, que entienda que la conducta es comunicación y que solo en contextos seguros es posible el aprendizaje significativo. Hemos de aprender a mirar lo que está por debajo de la conducta.


Estos datos refuerzan la urgencia de desarrollar entornos educativos sensibles al trauma, donde el reconocimiento de las EAI forme parte de la cultura escolar y de las políticas públicas. Si queremos que todos los niños y niñas puedan aprender, necesitamos comprender qué puede estar interrumpiendo ese proceso. No se trata solo de enseñar, sino de acompañar el desarrollo humano en toda su complejidad y profundidad. Ahí es donde empieza una verdadera transformación educativa.


¿Tu centro educativo reconoce el impacto del trauma en la infancia?
Este es el momento de abrir la conversación, revisar las prácticas y empezar a construir escuelas que acojan, comprendan y acompañen.

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