Por qué la escuela debe ser un refugio seguro para el aprendizaje.

Las experiencias adversas de la infancia no se quedan fuera cuando suena el timbre. Llegan al aula encarnado en formas que no siempre sabemos reconocer: una atención dispersa, una respuesta emocional sobredimensionada, una desconexión persistente. No es que no quieran aprender. Es que su sistema nervioso, muchas veces en estado de alerta, no se lo permite.

Desde siempre, maestras y maestros han sido testigos silenciosos del impacto del trauma en las aulas. Pero es ahora, con el respaldo de la neurociencia del aprendizaje, la psicología del desarrollo y la defensa de los derechos de la infancia, cuando empezamos a entender más profundamente las implicaciones que tiene y la responsabilidad que como adultos referentes tenemos. El informe Helping Traumatized Children Learn, fruto de la colaboración entre Harvard Law School y Massachusetts Advocates for Children, marca un antes y un después en nuestra forma de pensar la educación.

¿Por qué hablar de trauma en la escuela?

Porque está ahí. En todas partes. En un estudio reciente, se reveló que el 70% del alumnado encuestado en centros de secundaria españoles ha vivido al menos una experiencia potencialmente adversa antes de los 18 años. En la próxima entrada hablamos más de esto.

El aula como oportunidad (o como obstáculo)

Cuando un niño o niña ha vivido situaciones traumáticas, su cuerpo y su mente pueden estar en un estado de alerta continua, incluso en contextos que aparentemente son seguros. Esto puede expresarse en dificultades de concentración, problemas para seguir el ritmo del grupo, conductas de evitación o retraimiento, estallidos de ira o una constante necesidad de control. En otros casos, el impacto se manifiesta en un exceso de complacencia, perfeccionismo o una aparente apatía.

Estos comportamientos, que a menudo se malinterpretan como desinterés, falta de esfuerzo o mala o muy buena educación, son en realidad respuestas adaptativas a vivencias que han desbordado la capacidad del niño o niña para sentirse seguro. Por eso, si el entorno escolar no reconoce esta realidad, puede reforzar dinámicas de exclusión o castigo que profundizan la herida.

Una propuesta concreta: el Marco Flexible

El informe no se queda en la denuncia. Presenta un camino viable: el Flexible Framework, una herramienta adaptable para que cualquier centro educativo cree un entorno sensible al trauma. ¿Qué implica esto?

  • Infraestructura y cultura escolar que respalde la seguridad y la conexión.
  • Formación continua del personal.
  • Colaboración con profesionales de la salud mental.
  • Estrategias pedagógicas que promuevan la regulación.
  • Protocolos que eviten la revictimización.

No es una utopía. En Massachusetts, varios centros lo implementaron con éxito, y cuentan con apoyo legislativo. En España, algunas comunidades autónomas como Cataluña, Valencia o Navarra están explorando líneas similares, aunque aún de forma incipiente.

Un enfoque basado en derechos

Los niños y niñas tienen derecho a una educación inclusiva, accesible y adaptada a sus necesidades. Esto incluye el derecho a aprender en contextos que comprendan el impacto del trauma. Cuando la escuela desconoce esta dimensión, se corre el riesgo de excluir a quienes más necesitan ser incluidos.

Desde la mirada de los derechos de la infancia, una escuela que no reconoce el trauma, lo perpetúa.



¿Y si tu centro educativo pudiera convertirse en un espacio donde el efecto del trauma no se castiga, sino que se comprenden?
Empieza hoy a explorar el modelo de escuelas sensibles al trauma. Comparte esta entrada con tu equipo directivo y da el primer paso hacia un cambio estructural y humano.

Esta entrada forma parte de la serie “Escuelas que reparan”, basada en los informes del Trauma and Learning Policy Initiative (TLPI). 1/9