El trauma no es solo un hecho del pasado, es lo que se queda en el cuerpo después de vivir algo que resultó de alguna manera abrumador. Se actualiza en la forma en que el cuerpo reacciona, en la manera en que una persona se siente en relación con los demás, en la expectativa de amenaza o abandono. En ese sentido, el entorno importa, pues hace de contenedor de experiencias.
Y la escuela, que ocupa una parte fundamental de la vida cotidiana de niñas, niños y adolescentes, puede ser —si se lo propone— un entorno que repara.
No es solo lo que se enseña, es cómo se vive la escuela
Una escuela reparadora es aquella que genera experiencias diferentes a las que lo provocaron: experiencias de confianza, de conexión, de respeto mutuo, de presencia adulta estable y previsible.
En el informe Creating and Advocating for Trauma-Sensitive Schools, se afirma:
“Lo que permite que una escuela sea un entorno seguro para el alumnado con trauma no es una intervención concreta, sino una cultura construida por todas las personas que la habitan.”
Esta cultura no se crea de un día para otro. Se construye en los pequeños gestos, en los rituales compartidos, en la forma en que se recibe a una familia, en cómo se responde a un conflicto.
¿Qué hace que un entorno escolar sea reparador?
Hay algunos elementos comunes que se repiten en escuelas que logran generar este tipo de experiencias:
🟡 Previsibilidad sin rigidez
El alumnado necesita saber qué esperar, pero también sentir que hay flexibilidad ante lo inesperado.
🟡 Relaciones consistentes y sostenidas
La estabilidad en los vínculos con las figuras adultas genera confianza. No hace falta que todas las relaciones sean profundas, pero sí que sean confiables.
🟡 Clima emocional cuidado
El tono con el que se habla, cómo se gestiona un conflicto, qué se permite y qué se repara. Todo eso configura el clima emocional.
🟡 Oportunidades reales de participación
Cuando el alumnado puede tomar decisiones, proponer, colaborar, expresar sus ideas y emociones, la escuela se convierte en un espacio con sentido.
🟡 Espacios físicos amables
La luz, los colores, el ruido, la distribución de los espacios: todo comunica. Y todo puede contribuir a la regulación o a la desregulación.
Cultura del cuidado: lo que no se improvisa
Para que una escuela sea un entorno reparador, el cuidado no puede depender solo de la sensibilidad individual. Hace falta una estructura que lo sostenga:
- Tiempo para la tutoría y el vínculo
- Formación continua del profesorado
- Normas que equilibren firmeza y respeto
- Recursos de apoyo emocional accesibles
- Coherencia en los mensajes y en la gestión de los conflictos
Cuando el cuidado se convierte en parte de la identidad de un centro, ya no es una estrategia: es una cultura.
No se trata de hacer más, sino de hacer con más conciencia
Las escuelas sensibles al trauma no están llenas de intervenciones extraordinarias. Están llenas de personas que han aprendido a mirar de otra manera. Que saben que cada gesto puede ser regulador o desregulador. Y que han decidido cuidar lo cotidiano como si fuera esencial. Porque lo es.
¿Tu centro se está planteando cómo ser un entorno que repara?
Compartid esta entrada con el claustro y reflexionad juntas: ¿qué aspectos de nuestra cultura escolar ya son protectores? ¿Dónde podemos generar más experiencias de seguridad?
Esta entrada forma parte de la serie “Escuelas que reparan”, basada en los informes del Trauma and Learning Policy Initiative (TLPI). 6/9


Deja un comentario