Lenguaje, comunicación y trauma: donde las palabras no llegan

Categoría: Neurociencia, trauma y neurodiversidad
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Hablar es una forma profunda de estar con otros, de hacer visible el mundo interno, de confiar en que lo que sentimos puede tomar forma y ser comprendido. La calidad y cantidad de las interacciones verbales en la primera infancia influyen de forma decisiva en el desarrollo del lenguaje. Para aprender a hablar y registrar nuevas palabras, necesitamos el apego seguro que se modela ya través de las respuestas sensibles de los cuidadores. Desde la neurociencia afectiva, sabemos además que el desarrollo de áreas cerebrales clave para el lenguaje se ve potenciado por entornos donde hay vínculo, sintonía emocional y experiencias conversacionales significativas. En resumen, para que un niño desarrolle el lenguaje, necesita mucho más que vocabulario y articulación: necesita vínculo, sintonía y la certeza de que su voz será escuchada.

Cuando hay trauma, el lenguaje puede quedar atrapado. No siempre porque haya un daño físico o neurológico directo, sino también porque el sistema nervioso, ocupado en proteger, interrumpe el desarrollo comunicativo. El cuerpo habla primero. Y si no puede hablar con seguridad, a veces calla.

El lenguaje como función relacional

Desde la neurobiología, el lenguaje es una función que se desarrolla gracias a la interacción. Además de oír palabras, el niño necesita conversaciones significativas, atención compartida, gestos, tonos afectivos, turnos y miradas. Es un proceso sensorial, emocional y motor que se construye en la relación.

Cuando el vínculo es estable y el entorno seguro, las áreas del cerebro responsables del lenguaje se desarrollan en armonía con el resto del sistema nervioso. El niño escucha, imita, pregunta y lo intenta porque no teme ser juzgado.

Cómo impacta el trauma en el lenguaje y la comunicación

El trauma interfiere en el lenguaje de distintas formas. Algunas son más visibles –niños que hablan poco, tartamudean, no entienden instrucciones– y otras más sutiles, como una desconexión emocional del discurso o una dificultad para nombrar lo que se siente.

Estos son algunos efectos documentados por la investigación y la experiencia clínica:

  • Retrasos en la adquisición del lenguaje.
  • Lenguaje empobrecido o desorganizado.
  • Falta de conexión entre emoción y palabra.
  • Alteraciones en la comunicación no verbal.
  • Hipervigilancia lingüística.
  • Mutismo selectivo o silencios defensivos.

En muchos casos, estos niños son etiquetados como “tímidos”, “desmotivados” o “con problemas de comprensión”, sin que se explore si hay una experiencia traumática subyacente.

Como afirma la psicóloga Cathy Malchiodi:

“Cuando no se puede hablar de lo que ocurrió, el cuerpo guarda la historia, y el lenguaje se retira”.

Sensación sentida, pensamiento y lenguaje: lo nunca antes dicho

El filósofo y psicoterapeuta Eugene Gendlin propuso que el lenguaje no surge únicamente del pensamiento racional, sino de una experiencia corporal interna, a la que llamó “sensación sentida” (felt sense). Esta sensación no es solo emoción ni sensación física pura, sino una vivencia que habita el cuerpo y contiene el significado implícito de lo vivido. Según Gendlin, las palabras que surgen cuando logramos sintonizar con esa sensación y encontrar la forma adecuada de expresarla, son las que crean el lenguaje significativo.

Muchos niños que han atravesado experiencias traumáticas no han podido desarrollar con seguridad ese puente entre sensación, significado y palabra. Su cuerpo guarda lo vivido, pero el lenguaje aún no puede acompañarlo. No es que no quieran hablar, sino que el proceso de simbolización —ese delicado tránsito entre lo implícito y lo explícito— se ha visto interrumpido. El sistema nervioso se mantiene enfocado en proteger, y el espacio para explorar con curiosidad lo que se siente y cómo nombrarlo se vuelve inaccesible.

Este desfase entre lo que se siente y lo que se puede nombrar afecta directamente la autorregulación, la comprensión de uno mismo y la calidad de la comunicación con otros. Cuando el lenguaje no alcanza a reflejar la vivencia interna, el cuerpo queda guardando el sentido de lo vivido, que probablemente no pueda ser integrado. Se expresará, entonces,con conductas, silencios o síntomas que incomodan, pidiendo, en un grito silencioso, la compañía de alguien que escuche más allá de las palabras.

Procesamiento de la información, hemisferios y el lenguaje como integración

La disociación traumática también puede entenderse como una interrupción en el procesamiento integrado de la experiencia. Como señala el neuropsiquiatra Allan Schore, el trauma temprano puede generar una falta de comunicación funcional interhemisférica: entre el hemisferio derecho —relacionado con la vivencia emocional, corporal e implícita— y el hemisferio izquierdo —responsable del lenguaje, la lógica y la simbolización verbal—. Cuando este puente se ve comprometido, el niño puede tener dificultades no solo para poner en palabras lo que siente, sino incluso para organizar internamente su experiencia.

Bessel van der Kolk, autor de El cuerpo lleva la cuenta, ha mostrado cómo las memorias traumáticas a menudo quedan almacenadas de forma fragmentada en regiones subcorticales del cerebro y en los tejidos corporales, lejos del acceso consciente y verbal. En lugar de relatar lo vivido, el cuerpo lo revive: a través de sensaciones, tensiones, movimientos o bloqueos inexplicables. Por eso, poner palabras no es simplemente describir lo ocurrido, sino un acto de integración profunda, que ayuda a recuperar la sensación de continuidad con uno mismo y con la vida.

De forma complementaria, Peter Levine, en Una voz no hablada, sostiene que el trauma implica una desconexión entre la experiencia somática y la expresión simbólica. Su trabajo enfatiza la necesidad de escuchar el lenguaje del cuerpo y de permitir que esa expresión no verbal se transforme, poco a poco, en palabra segura. La posibilidad de expresar con lenguaje verbal lo que el cuerpo guarda en silencio permite restablecer una narrativa interna, un hilo que teje coherencia y sentido.

Esto se logra creando un entorno donde el lenguaje sea significativo, coherente con la experiencia interna, que cumpla función de conexión, comprensión y reparación, libre de juicio.

Además de estos factores relacionales, el trauma compromete también la accesibilidad neurológica del lenguaje. La exposición prolongada a estados de amenaza o falta de seguridad afecta la maduración y la conectividad de áreas cerebrales clave como la corteza prefrontal, la ínsula y las regiones del lenguaje en el hemisferio izquierdo. Esto puede interferir con la capacidad de organizar el discurso, acceder al vocabulario o sostener una conversación. Las redes neuronales se reorganizan para priorizar la defensa, no la comunicación. Desde esta mirada, el lenguaje puede quedar “fisiológicamente desconectado” cuando el sistema nervioso ha aprendido que hablar no es seguro. Recuperar esa accesibilidad implica una reparación multisistémica: neurológica, somática, relacional y simbólica.

Trauma y lenguaje emocional

Una de las áreas más afectadas por el trauma es el lenguaje emocional. Muchos niños no solo no saben qué sienten, sino que no han tenido la experiencia relacional de ser acompañados a nombrar lo que sienten. Esto afecta tanto la autorregulación como la calidad del vínculo con los demás.

Desde la teoría polivagal, sabemos que el tono de voz, los gestos y la expresión facial forman parte del “sistema de compromiso social”, que regula el estado del sistema nervioso. Si este sistema ha estado inhibido por la necesidad de protección, el niño puede tener dificultad para usar la comunicación como vía de regulación. Es decir, no sabe cómo usar la palabra para calmarse, pedir ayuda o acercarse a otros.

En palabras de Mona Delahooke:

“Muchos niños con dificultades comunicativas tienen sistemas nerviosos que están tratando de sentirse seguros”.

Accesibilidad del lenguaje en niños traumatizados

Cuando hablamos de lenguaje en la infancia, también debemos hablar de accesibilidad. No basta con que el niño sepa hablar: el lenguaje debe estar disponible como recurso interno en momentos significativos, especialmente cuando se siente vulnerable. La accesibilidad del lenguaje no es solo neurológica; también es relacional, emocional y contextual.

Un niño traumatizado puede tener desarrolladas las habilidades lingüísticas, pero no sentirse seguro para usarlas. La accesibilidad del lenguaje depende del nivel de amenaza percibida por el sistema nervioso. En estados de hiperactivación o disociación, las áreas del cerebro encargadas del lenguaje se inhiben temporalmente, dando prioridad a respuestas de defensa más primitivas. Por eso, en momentos de estrés o confusión, un niño puede parecer que “no escucha”, “no entiende” o “no quiere hablar”.

Además, si un niño no ha tenido experiencias previas donde se haya sentido verdaderamente escuchado y comprendido, el lenguaje puede no sentirse como un recurso confiable. En estos casos, el adulto cumple una función reguladora esencial: con su tono, su ritmo y su actitud puede hacer que el lenguaje se vuelva accesible otra vez. No es solo qué se dice, sino cómo se dice, y desde qué estado del propio sistema nervioso adulto se emite.

El lenguaje accesible es también lenguaje sentido: palabras que emergen en coherencia con la experiencia corporal-emocional. Si el lenguaje impuesto desde fuera no resuena con lo que el niño vive por dentro, puede convertirse en una nueva forma de desconexión.

El aula como entorno de lenguaje y relación

La escuela es, idealmente, un espacio de lenguaje. Pero no solo del lenguaje académico, sino del lenguaje relacional: de las conversaciones, las preguntas, los cuentos, las explicaciones con mirada.

Algunas claves para acompañar desde la práctica pedagógica a un niño o niña al que le cuesta acceder al lenguaje:

  • No forzar el habla.
  • Validar emociones antes que pedir explicaciones.
  • Usar lenguaje sencillo, cálido y claro.
  • Narrar lo que ocurre y acompañar a poner palabras a lo que sienten los niños.
  • Escuchar activamente.
  • Ofrecer modelos de expresión emocional.

“El lenguaje florece cuando no hay miedo”

La palabra como reparación

El trauma muchas veces roba las palabras. Pero la relación puede devolvérselas. No como un acto técnico, sino como una experiencia de confianza compartida. Cuando un niño descubre que puede nombrar lo innombrable sin ser juzgado, que sus palabras encuentran resonancia, que puede ponerle nombre a lo que siente y ser sostenido, el lenguaje deja de ser un riesgo y se convierte en un puente.

Y ese puente, más que una herramienta cognitiva, es una forma de rehumanización. De volver a habitar la experiencia con sentido.


¿Cómo acompañas niños en su camino de expresión y lenguaje? ¿te resulta facil poner palabras a como te sientes? Más allá de la emoción, nombrar la sensación del cuerpo es una magnifica habilidad de reparación de las secuelas del trauma. Hablaremos más de ello. Busca las etiquetas de Focusing y lenguaje para profundizar en este asunto.

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