universalizar el camino de la cura *
La mayor parte de mi práctica profesional está en el ámbito terapéutico; tanto en la sesión individual como en los procesos grupales, acompaño el proceso de volver a sentir que la vida tiene sentido.
Poder presenciar tan de cerca el movimiento a través del cual una persona vuelve a sentirse ella misma, me hace conocer muy profundamente cuáles son esas condiciones que hacen que alguien pueda sentir confianza y seguridad suficiente para mostrarse con honestidad, descansar del tedioso intento de ser distinto a lo que uno es, y comenzar a permitirse aprender de las experiencias. Aprender, hasta que logra un entendimiento profundo (una sensación) de ser suficiente y de que la vida es algo interesante y valioso.
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Me he movido por distintas corrientes terapéuticas hasta que he encontrado algo que me hace sentir verdaderamente cómoda, tanto en el rol de aprendiz como de maestra. Si bien todo lo que se aprende va sumando a la capacidad de ver más capas de la realidad, hay algunos gestos internos que son los que permiten que eso que entendemos por «curación» suceda.
Con la palabra «cura» no pretendo decir que hay algo que se aplica sobre otra persona que hace que esa persona cambie. Aquí la cura signifca que se dan las condiciones suficientes para que uno sienta que tiene más espacio para lo que está viviendo. Esto es suficiente. Después, es el organismo el que encuentra sus propios caminos para salir adelante, para encontrar el sentido profundo de su vida.
Este gesto tiene que ver con acceder a la sensación de coherencia entre lo que uno vive, lo que uno siente y lo que significa para él. Es esta capacidad para asumir el presente lo que permite que la vida de pasos adelante.
El trauma significa una herida, una ruptura, una discontinuidad. La cura es lo que permite que recuperemos el sentido del continuum; la sensación de pertenencia a la vida, a la comunidad, al tiempo que vivimos y a las relaciones que tenemos. Cuando uno se siente auténticamente vivo, es ahí mismo donde encuentra el sentido de la vida.
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Las condiciones que se necesitan para que uno pueda acceder a esta sensación de restablecimiento del continuum con la vida pasan fundamentalmente por la experiencia de un vínculo seguro.
Y esto es algo profundo, pues no se trata solo de buena intención en el vínculo, sino de la capacidad que tengamos de estar presentes, aceptando lo que sucede incondicionalmente y resonando con la experiencia del otro.
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Normalmente he trabajado con personas adultas, pero las veces que llegan a mi consultas adolescentes, me fascina la capacidad que tienen de tomar lo que les ofrezco. Todo cambia en ellas cuando reciben la mirada de una adulta que les orienta en el contexto social y cultural, y en su sistema familiar. Cuando pueden ver de qué manera están aprendiendo a internalizar la violencia sistémica y se les ofrece un modelo alternativo de relación consigo mismas. Todo cambia en mí cuando veo a una de estas personas jóvenes recuperar la sensación de pertinencia, de razón y de sentido. Porque puedo ver hasta qué punto esto cambia la trayectoria de una vida.
En algún momento me planteé especializarme en infanto-juvenil, pero me resultó mucho más interesante tratar de llevar estos gestos curativos esenciales a las escuelas. Es donde ellas están. Y que sean las personas adultas que están con ellas -con todas ellas- las que pueden ofrecer esta posibilidad. Hablo de las maestras y maestros. No se trata de hacer terapia en las aulas, sino de descolonizar la relación maestra-alumna del sistema educativo que no ve, ni siente, ni comprende las necesidades auténticas de la infancia, la adolescencia, ni de la sociedad..
Descolonizar la función de las maestras y maestros como proveedores de información para devolverles la dignidad de personas de referencia en valores humanos, amantes del aprendizaje y custodias de la infancia, adolescencia y juventud.
Y quizás también, por qué no, hacer un gesto de cura y prevención radical y transformadora en las escuelas. Que la educación sea para adquirir capacidades de afrontamiento a los entornos cambiantes. Que incite a validar la sensación de lo que se nos presenta para contar con nuestro instinto y todas nuestras capacidades implícitas, como hacemos cada vez que hemos de tomar decisiones en nuestra vida.
Descolonizar el sistema educativo de la cultura del materialismo, la productividad y la competencia. Para regresar (?), avanzar, hacia escuelas en las que se eduque para la vida
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educación somática y cura colectiva*
Soy especialista en el tratamiento del trauma. Una vez entiendes cómo se produce el trauma y cómo se cura, es muy fácil encontrar las huellas de alguna ruptura en el continuum reflejada en los problemas con los que lidiamos. Tanto en lo personal, como en lo vincular, lo social y lo institucional. Alguna falta de amor, real o percibida, que generó alguna respuesta defensiva, que de alguna manera se cristalizó, perdurando en el tiempo más allá de la falta original. El trauma tiene un mecanismo curioso de perpetuación hasta su integración. Como si estuviésemos obligados a comprender profundamente algo de la naturaleza humana para que pueda resolverse y liberarse. Para el trauma no es importante lo que sucedió, sino cómo se vivió. La experiencia subjetiva es sagrada e indiscutible.
Me interesa la dimensión colectiva del trauma. Aquella que se queda reflejada en la cultura, como los «de esto no se habla», las resistencias al cambio, el miedo a lo diferente, los «hay que ser fuertes», «que gane el mejor», confundir el error con la humillación, o el no saber lo que se siente. Hay muchos reflejos de supervivencia intrincados en nuestra cultura. Parte del desarrollo de este proyecto está en que logremos un aprendizaje e integración de aquellas cuestiones no sensibles que forman parte de la cultura educativa de manera normalizada, que de alguna manera perpetúan la desconexión y favorecen el malestar de las infancias.
En el tratamiento del trauma estamos viendo, desde la ciencia y la experiencia, cómo la somática está jugando un papel esencial de la cura. La somática es la percepción del cuerpo vivo.
La falta de sensación del cuerpo es un síntoma de disociación, una de las expresiones del trauma. A veces por cuestiones muy dramáticas, otras por una sensación continúa de no existir, quizás porque no hay un otro suficientemente presente, o porque se aprende a invisibilizarse para sobrevivir, o porque se aprende a no sentir para adaptarse. Gran parte del trabajo que hacemos en terapia tiene que ver con recuperar la sensación del cuerpo, la capacidad de permanecer en contacto con lo que se siente, aumentar el caudal de sensación, ser capaz de sentir y nombrar, extraer entendimiento de las sensaciones que nos traen las experiencias que vivimos.
La educación somática es un enfoque pedagógico que promueve el aprendizaje a través de la experiencia corporal interna, desarrollando el potencial humano gracias a la integración de mente, cuerpo y entorno. Esta integración habilita la capacidad de estar presente, conectado con los demás y el entorno, aprendiendo de manera significativa.
Esta capacidad, es un camino de cura de la historia personal, en cuanto a que rehabilita la sensación de pertenencia e integridad, es un recurso de prevención fundamental, en la medida en que nos devuelve la sensación de límite, la sensación de peligro, la sensación de coherencia y todas esas sensaciones a través de las cuales tomamos las decisiones con las que le damos forma a nuestra vida. Nos permite ir actualizándonos con respecto a las experiencias que vivimos, al poder dar significado a lo que sentimos.
Y también es un camino de cura vincular, en la medida que podemos compartir nuestros estados internos, podemos llegar a una verdadera comunicación con el otro. Cuando podemos relacionarnos dando valor y validez a lo que sentimos, podemos tratar lo que sucede entre nosotros sin perder integridad. Esto libera a las relaciones de los patrones defensivos.
Y es cura colectiva en la medida en que vamos ganando capacidad de estar juntos en lo real, y eso nos hace saber que pertenecemos a la misma vida, y eso nos da sentido y dirección.
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El paradigma educativo hiperracionalista, materialista y cientifista es un signo de trauma colectivo cristalizado en la cultura. Es una historia que interesa visitar, el cómo hemos llegado a temer a nuestros sentimientos, y como hemos llegado a esta cultura de domesticación del cuerpo. La liberación de esto es un camino directo hacia la recuperación del sentido de la vida. Cuando uno se siente a sí mismo, siente la vida, y desaparece esa sensación que a todas nos ha tocado en algún momento de que la vida no tiene sentido.
Las pantallas, el consumo masivo de información visual hiperfocalizado, es otro mecanismo que nos indica y nos empuja a esa misma dinámica de disociación, todos conocemos esa sensación de sentirnos vacíos por dentro después de un rato de scroll. La cuestión es que la adicción a ese tipo de estimulación que nos desconecta es un mecanismo de superviviencia ante el abismo de sentir lo que sentimos, el vacío, el dolor, la incertidumbre, la no suficiencia, la falta de sentido… Es síntoma y causa.
Ante la crisis de salud mental y social que nos atraviesa y que vemos de manera cada vez más dramática en nuestros jóvenes, la escuela que incorpora la dimensión somática, facilita que los chicos y chicas salgan del reino de la disociación, y recuperen esa sensación de estar vivos que impulsa su existencia hacia eso que tiene sentido para ellos, expresarse como son y desarrollar su propia vida. Un sistema educativo que respete su edad evolutiva, su necesidad de movimiento y sensación, su sabiduría instintiva y su espontaneidad no es algo tan difícil de lograr… tenemos aquí una buena oportunidad e filosofar acerca del propósito de la educación. Y la oportunidad de devolverles su experiencia de la vida corporalmente sentida. Su sensación de que la vida es real.
En contextos educativos, la educación somática invita a cultivar la sensibilidad, la autorregulación, el respeto a los ritmos internos y la capacidad de reconocer y relacionarse con los demás y el entorno.
La vida solo tiene sentido sintiendo

mi ser sensible *
La Escuela Sensible al trauma es un lugar en el que se encuentran varias caras de mi ser sensible.
Está todo esto que aprendí acerca del trauma y la recuperación de la sensibilidad, y la motivación desde la vocación de servicio, el sentido de revolución y la responsabilidad para con la sociedad que conformamos entre todos.
También está mi propio camino de cura de mi edad escolar, en la que puedo reconocer en alguna medida los efectos de no ser una niña neurotípica -aunque lo parecía-, de ser en alguna medida migrante, el efecto de los profundos esfuerzos por adaptarme al sistema educativo y social. Conocí la experiencia del bulling. Viví en un estado de disociación generalizado e imperceptible por las personas adultas que me rodeaban. Fuí cayendo en una depresión que a los 15 años ya era evidente, y que tocó fondo a los 21. Me fui recuperando con mucho trabajo terapéutico y dedicación. Hasta bien entrada mi edad adulta no pude sentir que estaba fuera de ese peligro, de la sensación de no pertenencia y de la duda de la pertinencia de mi existencia. No todo vino de la escuela, evidentemente, todos recibimos nuestra herencia familiar, cultural e histórica. Nuestra historia de nacimientos muchas veces violentados, las modas de crianza de cada época que contradicen el instinto materno… Todo cuenta. Pero puedo reconocer la experiencia de la escuela como crucial. Por lo que fue y por lo que no fue.
Cuando hago cuenta de la cantidad de horas que pasamos en las instituciones educativas, y cuánto de ése tiempo está presente una sensación de miedo; a no ser suficientemente bueno, a la exclusión, al fracaso, a la vergüenza… y cómo eso convive con la excitación de los momentos de éxito, de conexión, de sensación de suficiencia, de gusto por el aprendizaje… con la saturación de los sentidos, con la sensación de angustia sorda permanente, con las catarsis emocionales…los intentar gustar a la profe, los tratar de ignorar los insultos… es una bomba para un sistema nervioso en modelación, y un atentado a la experiencia de apego secundario que es la escuela.
Me doy cuenta también de cómo dejé de escribir, de cómo dejé de dibujar, de cómo perdí la inocencia y la creatividad. Sé que no todas las experiencias de escolarización son así, pero yo pude acceder a esas experiencias, sobrevivirlas, integrarlas y ahora comprender hasta qué punto la escuela es un entorno óptimo tanto para la retraumatización como para la cura y la prevención.

mi hija sensible *
Tengo una hija sensible y vulnerable.
Nació con un síndrome genético cuyo síntoma nuclear son problemas en el neurodesarrollo. Dentro de todas las muchas pequeñas y grandes dificultades que tiene, los neuropsciólogos le han reconocido características de TANV, Trastorno de aprendizaje no verbal. Este diagnóstico no está aún reconocido en el DSM, por lo que no tiene un código oficial, así que para las instituciones no existe. Cursa con dificultades para el pensamiento abstracto, motoras y de coordinación y le hace hiper sensible a los estímulos y las vivencias, por lo que tiene una memoria abismal y recuerda con mucha emotividad lo que vive. Por su estilo cognitivo es especialmente sensible a lo social. El mensaje de los profesionales es: académicamente podemos darle ayudas, adaptaciones, apoyos, y con mucho esfuerzo irá llegando hasta donde pueda y quiera… pero lo social es lo más delicado, tenemos que tener toda la atención en que sea feliz. Ojalá esta recomendación fuera para todos los niños y niñas del planeta. Estos niños viven el fracaso social como experiencias traumáticas, muchos de ellos desarrollan sintomatología internalizante, lo que les hace más vulnerables al riesgo de suicidio. Presentan típicamente en la adolescencia síntomas de trastorno de estrés postraumático. Le estoy muy agradecida a su neuropsicólogo, David Gonzalez Muñoz, cuando nos dijo: «en lo social no podemos hacer nada, sólo darle muchos recursos». Algo se encendió en mí. Algo que ya venía buscando la manera de hacer más sensible su entorno escolar y social.
Así que hay mucho de este proyecto viene inspirado por la experiencia de ser su madre. Una manera de alquimizar esta vivencia, no siempre fácil, que me pone en contacto con una profundísima vulnerabilidad. Una manera de honrar su camino. Y también de reconocer, agradecer y potenciar los indicios de pertenecer a una comunidad escolar ya sensible.

* Por ella y por todos sus compañeros y compañeras *
Gracias por leer hasta aquí.
Escríbeme si esto te mueve, si tienes una experiencia que quieres compartir, si tienes la oportunidad de abrirle un camino a todo esto en tu entorno.
Esto sólo podemos hacerlo juntas.

