En esta sección vamos a explorar con detalle cómo el trauma infantil impacta en el desarrollo del cerebro y, con ello, las funciones que permiten aprender, relacionarse y vivir en calma.
Desde la neurobiología sabemos que el trauma en la infancia —en especial cuando es precoz, sostenido o no acompañado— no solo altera funciones concretas, sino que modifica la estructura y el funcionamiento del cerebro. A menudo, estos cambios dan lugar a lo que podríamos llamar una diversidad funcional adquirida: maneras distintas de percibir, sentir y responder al entorno que tienen una raíz adaptativa frente al sufrimiento vivido, pero que interfieren con el aprendizaje y la participación en entornos escolares tradicionales.
Si añadimos la perspectiva epigenética y somática, la frontera entre trauma y neurodiversidad se vuelve aún más porosa. Algunas experiencias traumáticas no solo dejan huellas en el cuerpo, la percepción y la conducta, sino que pueden influir en el modo en que el sistema nervioso y el cerebro se organizan. En este marco, el trauma genera neurodiversidad, y también puede amplificarla o desencadenarla cuando ya existe una predisposición.
Por otro lado, muchos niños neurodivergentes —por su forma particular de procesar la información, sentir el entorno o interactuar socialmente— son más sensibles al trauma, incluso en contextos donde no se identifica violencia explícita. La incomprensión, la sobreexigencia, la falta de ajuste o la dificultad social, pueden vivirse como experiencias adversas de alto impacto si no hay contención suficiente.
En conjunto, proponemos mirar el trauma infantil como una vivencia que organiza el desarrollo y que muchas veces se manifiesta en el aula como neurodiversidad no reconocida. Comprender esto es clave para dejar de etiquetar síntomas y empezar a acompañar historias.
Desde ahí, abrimos camino para adentrarnos en esta reflexión y estudio, a través de las siguientes entradas, donde desgranaremos las principales funciones que pueden verse afectadas por el trauma: atención, memoria, lenguaje, regulación emocional, funciones ejecutivas, desarrollo sensorial, integración corporal y mucho más. Cada una con sus implicancias pedagógicas, relacionales y humanas.

